ruina

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La palabra aturde tanto que ya no quedan palabras. Sólo sé escribir cuando creo que voy a desaparecer. Esto no es belleza ni gracia. El amor me ata un ancla al pie y me hace permanecer en el fondo. Las perlas de las sirenas no las siento.

Su piel me acaricia el pelo con olor a tomate. Y no puedo sentirlo. Me mira cansado, aunque ponga jazmín en la mesilla. Vivo en las imágenes que colecciono como dosis de adicción. Sin cortar.

Requiebro. Le pongo a cantaoras viejas mientras él me canta suave en otro idioma y reconozco tonos hermanos. Compongo libretas que nunca verán la luz. Que ya me reventaron demasiado los tímpanos los silencios. Sólo sé imaginar putrefacción sin antídotos. Praderas de hielo y fiordos desérticos. Sigo buscando la muerte más bruta.

Distraigo los llantos. Sonrío como la zorra que llora buscando a sus hijos en pánico para protegerles. Distraigo, todo el tiempo. Le miento al que mira ajeno.

Hago daño y clavo los dientes. Odio la serenidad porque supura bilis de mi hígado infectado. Nadie es funcional, sólo inventan escenarios perfectos y los rectifican editándolos. Nadie está bien. Esta pastilla que le exhalo es común en otros cuerpos. No pretendo nombrar su lengua.

La familia me exige que cuide a quien maltrató. Que les hunte la sangre curandera que me arrebataron y les teja hiedras. Mientras la hidra devora y le salen más cabezas. Y a pesar de todo lo hago. Pero en una pelea de gallos siempre muere el que viene herido de antes.

Estoy demasiado débil para cubrirme. Estoy cansada de buscar abrazos que se asustan ante este horror. Los gatos me huelen y me arañan con sus ojos.

Los pétalos del Sol hace días que no salen. Mi muerte no es de nadie. Es lo único que me pertenece.

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