Está doliendo, en uno de los ardores que más he visto clavarse. Junto al rostro oculto, el aspecto real que aparecerá cuando ya no esté. Ahí, justo. Justo aquí. La inercia del cuerpo me levanta. Y no siento las piernas andar.
Esta noche tengo el miedo de las crías. O el miedo de la alerta. Y en ella se reproduce el silencio, una y otra vez. Nunca volveré a ser. Nunca volví a ser. A partir del día exacto. Ahí, justo. En la sucesión de imágenes que impactan sin parar, en cada trozo de los huesos. La escucho cantar. No chilla. No pide perdón. Ni piedad. No pide. Sólo abre los ojos, ocupando poco espacio en cualquiera de los espacios. Y ni siquiera me habla.
La misma estatura que tenía, el día que la violencia y el vacío apagaron la chispa. Que apagaron el chasquido. La risa. El foco de la vida. La ilusión.
En el techo de la habitación, constelaciones de estrellas y mucha hierba. Sin crear dimensiones de protección.
Y desde el día de la tristeza, techos sin campos. Ni siquiera es un momento exacto. No pertenezco a los momentos exactos. En esta reclusión no existe el tiempo terrenal, a veces consigue colarse un abrazo de tirabuzón y un pilar que resiste. Cada día tengo que preguntarme si es verdad que aún existo. Ni siquiera la respuesta importa. No pertenezco a absolutamente nada.
Escribir en tercera persona siempre fue más fácil. Esta noche, con el miedo de las crías, necesito volver a ti. A través de la Verdad. La verdad del encierro. Te reconozco en el musgo de la sierra porque fue nuestro lecho. El lujo del escapismo. Nunca quisiste asumir la realidad, lo sabe la lágrima que empapa esta palabra.
No hay muchos momentos fuera del soliloquio. Hace tiempo ya solías agrupar personajes imaginados. Creo que toda tu existencia se encuentra en la primera capa del cuento. Tejiendo, te deslizabas sin que hubiera manos ni lana. Evitando ser captada. O evitando tener apariencia.
Tienes vértigo porque siempre saltaste desde lo más alto, hasta llenarte de sangre. Hasta cubrirte de sangre.
No bailas, porque ya bailabas entre pinares, sin vergüenza, sin apariencia, tranquila y serena. Hasta que el cielo ensordeció. Y nunca volviste. Ya no hablas, antes eras la furia de los huracanes y las olas. Insaciable. Pero ya no estás, golpearon tu cuerpo hasta que no tuvo sentido decir nada. Nada más. Para qué.
Te anulaste, más aún de lo que te anularon. Te metiste en la gruta, hasta que se cerraron todas las salidas. Y no quedó nada para escapar. Quién sabe si algún día.
Tengo el miedo de las crías, estoy llorando. Siempre lloro detrás de la sonrisa. Siempre lloro detrás de todos. Siempre creo que es el último golpe. El golpe de gracia. Quisiera no haber crecido, no haber crecido muerta. Porque sin tu chispa nada tiene sentido. Perdóname. Por no saber. Por no haberte recuperado aún. Por tolerar el odio. Por guardar todo con el candado echado, cada vez que te echaron a ti el candado. Y tiraron la llave, y tiraron la llave, dentro de tu piel.
Perdóname. Por reproducir todo su daño. Por todas las noches, o todos los días, en pleno apogeo, que recuerdas la agonía y el tormento. Y vives con un ojo abierto. Y todos creen que duermes porque apenas haces ruido.
Dentro hay orquestas, gritos, mundos infinitos, montañas de nieve, animales nuevos y futuros que llegarán entre sus manos, como pájaros que se inventan alas.
Perdóname por destrozar tu cuerpo. Por cada vez que lo destrozaron otros. Ni palizas, ni escopetas en tu sien, ni la persecución, ni la humillación constante, ni sus cigarros quemados en tu lengua, ni cuando te tiró desde el barranco, ni cuando todos te abandonaron y caminaste entre eco, hormigón, soledad, carga, juicios, burlas y exilio. Ni cuando te rompía los platos en la cabeza, te rajaba la ropa, te sacaba la vida. Ni sin encuentros. Ni encerrada durante años en las constelaciones del techo, sin nadie.
Ni siquiera eso fue el inicio del sufrimiento.
En ese momento, donde no hay inicio, donde todo está difuminado porque no se sabe el origen.
Ni en ese momento dejaste de luchar.
Aunque cada día el temblor sea infinito.
Te prometo que ni uno de esos días dejaré de ser, de dar, ni de sembrar Amor. Más allá de los atajos que tengas que encontrar.
Atajos bajo la piel, donde no alcanzarán más rayos.
Incluso en la oscuridad mas extrema Por más negra que sea la noche El autillo canta igual.. Porque cuando el brillo se revela tras la nube ... ¿Que miedo da cualquier oscuridad?