Porque nunca te he querío.
Porque siempre te he lanzado miradas de sangre y lágrimas espesas, cenizas sin lumbre, navajas contaminadas, besos con pinchos y dagas. Y te he visto acostumbrarte al impacto en la piel, que borra y difumina, al riesgo, al nervio. A ti misma liberándote una y otra vez de la presión. De día. Cuando todos miran.
A veces intento quererte pero siento el chillido de tu propia voz dentro de mi pelo. A veces consigo quererte cuando recuerdo pelar tomates o coger un palo del carril para cantar. Cantar siempre. Cantar hasta cayendo al vacío.
Y sólo un par de veces contadas, he conseguido perdonarte, recoger los cántaros y hacerte un huequito dentro del amor. Porque en todos los momentos que sentí que te ibas, te sostuve la mirada y comprendí que no te mereciste nada de esto.
Y aún me cuesta quererte, aunque llegue tu imagen nítida a través de presencias que te quieren, como la candela entre enaguas en invierno. Algún día dejarás de querer irte y los animales no tendrán miedo, ni entre la pesadilla, ni ante la escopeta.
La tregua llegará cuando seamos vuelo y no espejo.
qué bonito escribes. lo siento porque sea doloroso