ruina

mariposas muertas

Nos sigue el rastro una mariposa. Y le hueles las alas desde lejos, con ese don de adivinación que te dió la orfandad temprana. La esperas de pie, anclándote al suelo para espantar a los asesinos de las malas hierbas.

Que lo que escuece es un arma para las lenguas que se enroscan a ti como una soga. La persigues, lenta, con la marca en el lomo humeando. La persigues y tropiezas, pero los hilos del agua te encuentran, y hundes el pelo, el barro juega contigo.

“Creo que soy una mariposa a la que dejan clavaítas las agujas cada día y le soplan el polvo de las alas.”

Y sería una metáfora resonante si no fuese verdad.

Que una vez te atravesaron los nervios con ellas para resucitar del dolor muscular. Que otro día te enquistaron metal en los pies para conservar tu resistencia.

Que en otro tiempo (pasado, presente y futuro) marcaron tu cuello con la mano invisible de la propiedad, de otro, para escupir y lanzar cuchillos a la vitrina. De las mariposas clavadas.

Y te sientas, exahusta, vacía y sangrando, sin polvo en las alas, sin llegar a la noche.

Porque ese día solo quisiste, que cerrase los ojos, tapiarme los oídos con tus manos, para no ponerle imagen a la crueldad.

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