ruina

plegarias

Se escurren las plegarias. Los días pasan como copias. Los acebuches, los chaparros, el brezo, el tomillo y la Candelaria de febrero, me recuerdan a las uñas sucias de un fandango. Al olor a ajo de la cocina. Naturaleza y emular la desaparición. Sierra Morena nunca fue un canto. La sierra donde escapo es el destino del final. Los lobos habitaron esta tierra, algunos siguen y me hablan, me encuentro cubierta de frío deseando que me muerdan. No conozco la paz. Estallo. Borro. Estallo. Broto.

Cuando abro la puerta huele a cemento y alcohol. En el zaguán se escuchan gritos. Crecí acostumbrada al uniforme policial porque el vecindario escuchaba y decidía. Pasé de agachar el cuerpo ante el amago de una hostia, a que resultaran insulsas, como los besos. Ahora prendo canela para las llamas, esperando que crezcan los cabellos que les arrancaron. Llevo tiempo imaginando un abrazo que no venga después de un golpe directo, o fruto de la compasión.

La tregua no existe. Quizás sea pedir que los moratones los hagan en lugares no visibles, para poder seguir aparentando que existe control. Me ofrecen trabajo a cambio de silencio. Escribo disociada. Tengo palabras clave incrustadas en los dedos. Miro a los ojos, me devuelve la mirada el odio.

Camino por la calle perdiendo el equilibrio, sin conocer ni que me conozcan, anónima. Encontrando anónimos a los que a veces pongo nombre, que nunca más veré. Otros hacen experimentos con las pastillas en mi cuerpo y analizan con bisturí, les escupo, me voy.

Pienso y vivo a tirones. Le doy un lametón a las aceitunas, las bellotas y a los huertos. En las aceras, cunetas y regueros. Junto las manos y bebo cristalino el petróleo. No quiero materializar, sólo borrar el rastro y las huellas. La persecución no me hizo fuerte, me redujo al absurdo.

Encomendarme a Dios, dejar el espacio del terrero, enterrarme debajo de una encina, masticar musgo, tintarme los dientes, cubrirme el pecho con aulagas, hacer ceniza el sexo, elevarme como una virgen sin creencias, predicar la palabra de otros, dejarle los andrajos lavados a mi madre para evitar que selle sus labios, y los pergaminos a los muertos de las calles sin tejado.

Thoughts? Leave a comment