La tristeza es amarilla. Chillona y medio tuerta.
Se lucra con tus huesos, perfora los iris vivos que buscan asomarse detrás del desconocido.
Brota de noche, bebe vino viejo y se ríe. Acaricia, acompaña, besa, muerde, desnuda.
Tiene las manos duras, no llena los pulmones, ni siquiera amanece a tu lado. Pinta con tiza el vello del vientre, pretende ritualizar la existencia. Qué lista.
Abre la boca, saca la lengua. Se parece mucho al amor. Los entendidos dicen que es útil para avisar al cuerpo y prepararlo. Los entendidos no saben llorar.
La tristeza también dialoga consigo misma. Zumba detrás de la oreja, como el invitado pesado que habla de sus virtudes. Otro entendido.
La tenéis en casa, que yo la he visto, rascando las costillas como Remedios Varo. Como el albañil con palaustre cuando enlecha una pared.
El olor a hormigón húmedo se parece a la tristeza. O una distancia inabarcable, una luna rosa, una paloma muerta.